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02-2015

Historia de peso


El otoño de mi vida se acerca – ¡Tengo 50 años! Todavía puedo, sin demasiados artificios, “obviar” la fecha de nacimiento impresa en mi pasaporte, pero no puedo dejar de buscar constantemente mis gafas. A lo largo de los años, se han hecho indispensables en mi vida y las llevo en todo momento,  incluso durante las comidas, a fin de intentar evitar comerme el motivo que decora mi plato.  



También me ayudan para el pesaje.  ¡Por supuesto no me refiero a gramos de harina sino más bien a mis kilos! Sin mis gafas, podría alegremente “adornar” una realidad que no es siempre agradable. Debido a ellas, me enfado con la impertinencia de mi báscula.  Estas capas adiposas suplementarias son más reacias a desaparecer que antes. Parecen formar parte de mi misma, a semejanza de la capa de chocolate sobre una galleta.



¿Quizás me hagan más dulce?  En cualquier caso, cada mañana, obligo a mi cuerpo y sus “valores añadidos” a salir de mi cama, tan acogedora, para precipitarse hacia el cuarto de baño y ponerse una prenda deportiva. No soy en absoluto una fan del ejercicio físico, pero estos kilos no desaparecerán sin un pequeño "empujoncito".  Pues, tras tomarme un café rápido, salgo a hacer footing y, a cada metro recorrido,  pienso en las calorías quemadas y… en la deliciosa recompensa que podré saborear después de tantos esfuerzos.



De regreso en casa tras tantos esfuerzos matinales y extenuantes, vuelvo al cuarto de baño, donde me esperan mi báscula, la ducha y todas mis cremas de cuidado y de tratamiento. Considero que este cuarto de baño se parece cada vez más a un taller de reparación, pues  a cada crema que ahí  se encuentra se le atribuye  una supuesta facultad de “reparar” algo.  Es a la vez reconfortante e inquietante darme cuenta de que la industria del bienestar y de la belleza está totalmente centrada en mí y mis contemporáneas. Ha llegado el momento de aceptar ayuda, cualquiera que sea, y ¡no la voy a rechazar!



Sé lo agradable que es estar delgada, pero no  siento vergüenza si, de noche, me acerco sigilosamente a la nevera porque el libro que estoy leyendo no  ha sido suficiente para adormecerme.  Además, me hace reír la idea de que las calorías que consumo durante mis  “redadas nocturnas”  no cuentan ya que, después de medianoche, se contabilizan en el recuento de las calorías del día siguiente. Creedme, una de las ventajas de la edad madura es esta “maravillosa desenvoltura” para la cual una jovencita estaría dispuesta a sacrificar un poco del frescor de su insolente juventud.



Por supuesto, me gusta una deliciosa comida con un buen vino y cuando veo a mujeres jóvenes, y menos jóvenes, muy delgadas, no tengo ninguna intención de seguir su régimen drástico: un yogur por la mañana,  una ensalada (sin vinagreta) para el almuerzo y  alimentos sin carbohidratos para la cena. ¡Nada de pan, ni pastas, ni vino, ni siquiera  un trocito de chocolate! Esto no es para mí. Solo me gustaría encontrar el equilibrio justo.


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