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07-2013

El príncipe azul


Por cierto, me esforcé, verdaderamente, por encontrar al príncipe azul, al hombre especial y perfecto. Pero… Dos matrimonios fracasados y varias relaciones desastrosas dan prueba de que tampoco soy la compañera ideal. A pesar de ello, no dejé, durante mucho tiempo, de esperar encontrarle. Al fin y al cabo, estaba acostumbrada a tener muchos hombres a mis pies y estaba segura de que solo era una cuestión de tiempo, para que el príncipe azul pasase por ahí, dispuesto a dejarse atrapar por el anzuelo. Pero, los años han pasado, así como ha pasado mi juventud. No puedo dejar de pensar en las palabras de mi hermana: “¡Ayer una rosa, hoy nada más que espinos!”. De repente, volví a caer “en la adolescencia”, por lo menos en la imaginación, pues mis encantos femeninos ya habían perdido sus… encantos.

Estaba emocionalmente hundida y con una ansiedad tremenda. Necesitaba demostrarme a mí misma, y a todo el mundo, que seguía conservándome muy atractiva y deseable. Me resultaría bastante incómodo entrar en detalles sobre esta época. Afortunadamente, mientras tanto, me di cuenta de que la juventud se había ido y  no podía recuperarla, y de que nada, ni siquiera un lifting, moléculas o aventuras sexuales,  podrían devolvérmela. En cuanto al príncipe azul, también, he perdido toda esperanza en encontrarle. Por lo contrario, me molesta la idea de imaginarme arraigada en una relación sentimental. ¿De qué me serviría ahora? ¿Por qué tendría que aceptar hoy la idea de convertirme en una buena ama de casa y de ayudar a mi marido a superar su miedo a la soledad y a la muerte solitaria?  ¡Jamás de los jamases! Y si tuviera que ocurrir, él tendría que ser guapo, tener un gran sentido del humor, estar en su mejor momento, ser generoso y rico. ¡Utópico! Si ese hombre perfecto existiese, solo le convendría una mujer de treinta años, o menos.

Sin embargo, las parejas perfectas existen y, a veces, me he encontrado  con alguna de ellas: él está casi ciego y ella necesita un bastón para andar, pero sigue andando del brazo de su marido, que a su vez camina al ritmo lento de su mujer. Siempre conversan tranquilamente, en total armonía. Han envejecido juntos y vivirán juntos hasta la muerte les separe.


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