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11-2014

Camprodon, Setcases y Molló 


Hace pocas semanas, mi hija me describió la belleza de nuestras montañas, en las que disfrutó de unos días de descanso. Me quedé entusiasmada. Me encantó de inmediato la idea de caminar por  la montaña y estoy convencida de que tampoco nuestros lectores podrán resistir la tentación dehacer una escapada por esta hermosa tierra de valles y montañas. Por mi parte, enseguida comencé a buscar en internet un alojamiento en la región de Camprodon- Setcases- Molló y, finalmente, opté por un pequeño hotel de montaña en Molló. Después de examinar el mapa, me di cuenta de que se trataba de una pequeña excursión, de unos días como máximo, lo que me convenía perfectamente. También nos acordamos de que el clima en las zonas montañosas puede ser caprichoso y decidimos  llevarnos impermeables así como, por supuesto, botas de senderismo.

Salida a las 10 horas

Relajados, tomamos la dirección a Figueres y luego a Olot, siguiendo la N260, carretera agradable y muy bien señalizada. Después de una hora aproximadamente, tomamos la C38, dirección a Camprodon. En pleno corazón de un entorno natural magnifico, estábamos ansiosos por llegar a nuestro destino.  Pero, primero, tuvimos que encontrar el alojamiento que habíamos reservado online. Nuestro hotel, el Calixto, está muy bien ubicado, en una zona muy bonita, en el pueblo de Molló y con unas vistas espectaculares. Al llegar, sin ni siquiera haber visto nuestras habitaciones, sabía que iba a disfrutar de una maravillosa tranquilidad en este hotel. El trato general recibido fue muy familiar y agradable. La propietaria, Susanna, nos acogió calurosamente y nos propuso llevarnos a nuestras habitaciones. Sin embargo, tenía un hambre canina, mucho más fuerte que mi curiosidad, y pregunté si podíamos comer un poco de jamón y pan con tomate. Nos sonrió y enseguida nos atendió. ¡Delicioso! Era exactamente lo que necesitábamos. Además, nos dimos cuenta de que la carta de vinos ofrecía vinos de gran calidad a precios asequibles. Por ejemplo, un Finca Malavëina por solo 24 euros. Saciados y motivados, descubrimos nuestras habitaciones. Grandes, limpias y muy acogedoras, ideales para desconectar y descansar en un paraje verdaderamente precioso. Además de los numerosos folletos informativos disponibles, el personal muy amable y muy atento nos recomendó unos itinerarios aconsejados. Así que nos pusimos en camino hacia el pequeño pueblo de  Camprodon, a unos 8 kilómetros de distancia.

El nombre de Camprodon parece derivar del latín "Campus rotundus" - Campo Redondo - términos que mencionan un campo rodeado de montañas.  El pueblo tiene una población de más o menos 2.350 habitantes y se encuentra en la comarca del Ripollès. Al llegar a Camprodon, nos sorprendieron el número de monumentos de interés así como las antiguas casas. El centro rebosa de pequeñas tiendas que ofrecen especialidades locales y demás productos de alta gama. Destacan dos restaurantes: el restaurante El Pont Nou (puente nuevo), en el sitio mismo, y el restaurante Cal Marques, Carrer Catalunya, 11. Luego, decidimos visitar Setcases. Esta pequeña localidad, situada en la comarca de Ripollès, en la cabecera del rio Ter, se mencionó por primera vez en un documento del año  965.  La iglesia del siglo XVII es única en su género y ha sobrevivido a la destrucción de las iglesias llevada a cabo durante la guerra civil española. Los aficionados al esquí o al senderismo suelen elegir Setcases como punto de partida de sus estancias ya que el pueblo se encuentra en las cercanías de la estación de esquí de Vallter 2000. Nunca olvidaremos el restaurante Can Jepet, que ofrece platos de calidad a precios asequibles y sobre todo una muy cálida bienvenida.

Para satisfacer mi curiosidad, nos fuimos a la estación de esquí de Vallter 2000. Como ya lo he dicho, se encuentra a pocos kilómetros de Setcases.  En este corto recorrido, nos divertimos mucho al encontramos con varios rebañosque, como nosotros mismos, deambulaban de manera muy relajada y sentían unas irresistiblesganas de descansar al borde del camino. Una vez llegados a la estación, vimos a un cachorro de zorro hambriento, en búsqueda de comida. Se me rompió  el corazón porque no tenía nada para darle de comer. Tristes, pero  alentados por la belleza del entorno, emprendimos el camino de regreso a Molló. El sol estaba por ponerse cuando llegamos y disfrutamos de una muy agradable velada degustando un plato ligero, pero delicioso, en el hotel. 


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